En el parque del Barrio había un jardín. Justo en el pórtico de la entrada un anciano que llegaba religiosamente, todos los días, a la siete de la mañana. Desde hacía tiempo había llamado mi atención algo que sucedía a unos 70 metros de donde yo estaba a esas siete de la mañana. Las rosas que vendía el anciano, en cierta época del año, eran distintas. Cuando quien le compraba las tomaba en sus manos y se marchaba, las rosas en el camino cambiaban de color.
Lo curioso de todo esto es que nadie se daba cuenta de
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