En el parque del Barrio había un jardín. Justo en el pórtico de la entrada un anciano que llegaba religiosamente, todos los días, a la siete de la mañana. Desde hacía tiempo había llamado mi atención algo que sucedía a unos 70 metros de donde yo estaba a esas siete de la mañana. Las rosas que vendía el anciano, en cierta época del año, eran distintas. Cuando quien le compraba las tomaba en sus manos y se marchaba, las rosas en el camino cambiaban de color.
Lo curioso de todo esto es que nadie se daba cuenta de ello. Yo me enteré porque un niño me lo dijo. Mi kiosco de revista está justo en la esquina opuesta del pórtico. Pero ¿porque nadie se da cuenta?. Esa era mi pregunta siempre que veía tal misterio. Y el anciano ¿sabe que cambian las flores de color al intercambiarlas por dinero? No contuve mi curiosidad y me decidí a preguntarle. El anciano me miró y dijo - ¡ah! usted también lo ha notado -. Agachó la cabeza y siguió contando las monedas que tenía en sus manos.
todos mis pequeños relatos son así, algunos lieteratos y duchos en la materia los definen como fantásticos. yo, en cambio, escribo y siempre, se da la casualidad, que salen algo parecido a este que hoy posteo.





Oye que buen relato sin tantas letras consigues expresar, lo que deseas en un breve espacio y sustancioso. felicidades. Manuel