- Tengo las llaves de un sin fin de interrogatorios - dice el carcelero.
Se sienta en el pasillo vacío de la celda. Sorbe una copita de licor. Sigue borracho. En la otra mano un revólver. Se tambalea. Siente vergüenza de su oficio. Mira en la celda al preso número 13, yace en suelo, desnudo, sangrando sus penas de las heridas infligidas por el torturador de Guantánamo. Sus gritos golpean los oídos del carcelero que se funden con el hedor de una bandera gringa en la celdas de esta prisión que sigue siendo la casa del carcelero George.



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